martes, 2 de septiembre de 2014
Si esto es un libro
jueves, 21 de marzo de 2013
Propaganda
jueves, 6 de septiembre de 2012
Sostiene Fellini
Dibujos publicados por la Fondazione Fellini, www.federicofellini.it
sábado, 7 de mayo de 2011
Borges en directo
SOLER SERRANO: Usted se atreve a darnos aquí un breve testamento de urgencia. ¿Qué querría usted dejar dicho directamente, no a través de los versos, ni a través de los cuentos, sino...BORGES: ... sino a través de la televisión?
jueves, 20 de enero de 2011
El culto al Emperador
"Después de la victoria de Actium se propuso una apoteosis para Octavio, y el 27 el Senado le otorgó el título de Augusto. Octavio se opuso a la creación de un culto oficial a su persona en Italia, y prohibió la existencia en Roma de altares dedicados a él. Pero el culto imperial aparece en la parte oriental del Imperio y es muy probable que absorbiera creencias anteriores del origen divino de la monarquía, aparte de la lógica tendencia de las élites locales a manifestar en la forma más expresiva su lealtad a Roma y al Emperador. Sin duda alguna, Augusto vio en ello la posibilidad de crear un nexo de unión entre todas las partes del Imperio, y quizá favoreció la aparición de este culto en la parte oriental, porque eran las provincias de cuya fidelidad se hallaba menos seguro. De todos modos se dispuso (26 a. de J. C.) que el culto se establecería sólo en las provincias, que los oficiantes serían transeúntes , y que se dirigiría no a un emperador divino, sino a Diva-Roma et genius principis.
Más tarde, hacia el 15 A.C., el culto se extendió por la parte occidental (se han hallado altares en Lyon y Narbona) . Las municipalidades erigieron altares públicos para Roma y Augusto y crearon diversos cultos para honrar la divinidad del Padre de la Patria. Pronto pasó en España. En Italia probablemente empezó en plan privado entre las grandes familias, en forma de un altar colocado al lado del de los Manes. Más tarde aparecieron en los cruces de las calles, y al parecer fue una manifestación espontánea del pueblo. Este culto, que en un principio se prohibió por razones de orden, fue restablecido al fin por Augusto, quien permitió que se colocara su estatua en estos altares.
(...) El culto se presentaba en dos formas: en las provincias se adoraba a Roma y a Augusto (precisión de un nexo de fidelidad a Roma), y en Italia al genius principis, evidenciando que el culto no estaba dirigido a la persona física del Princeps. Pero a la muerte del Emperador, el Senado le otorgó a apoteosis al transformarlo en Dios. A partir de aquel momento todo emperador quedó asociado al culto de los emperadores precedentes y, a pesar de ciertas divergencias de interpretación, fue el nudo de la unidad de aquella religión"
Caracas: Monte Ávila, 1969. Pp. 40-42
domingo, 12 de septiembre de 2010
Auténtico
Pero ¿y ahora? Si hay algo que los bárbaros tienden a pulverizar son precisamente las nociones de auténtico y de origen. Están convencidos de que el sentido se desarrolla tan solo donde las cosas se ponen en movimiento, entrando en secuencia unas con otras, por lo que la categoría de origen les suena más bien insignificante. Es casi un lugar de soledad inalterada donde el sentido de las cosas está todavía por llegar. Donde nosotros veíamos el nido sagrado de la auténtico, de lo originario, ellos ven la caverna de la prehistoria en la que el mundo es poco más que una promesa. Donde nosotros situábamos el existir por excelencia, auténtico y puro, ellos tan solo perciben un mundo inicial de peligrosa fragilidad: para ellos la fuerza del sentido está en otra parte. Está después.
Dicho así, produce impresión, pero traducido a algún ejemplo ya verán como suena menos traumático. Marilyn Monroe. ¿Cuál era la cara auténtica de esa mujer? ¿Le importa a alguien saberlo de verdad? ¿No es más importante constatar lo que ha representado para millones de hombres, lo que fue y es en el imaginario colectivo? Y si les dicen que en realidad el sexo le resultaba molesto, ¿les va a importar mucho? Pongamos una hipótesis por un instante y aceptemos que le resultara realmente molesto: ¿no perciben hasta qué punto este rasgo auténtico, originario, no restaura de ninguna de las maneras el sentido que esa mujer ha tenido para la cultura occidental? En su figura, lo que es realmente aunténtico es lo que de esa figura ha cristalizado en la percepción colectiva. Marilyn Monroe es Marilyn Monroe, no Norma Jean Mortenson (que era su nombre auténtico y originario).
Trasladen un razonamiento como este a cualquier acontecimiento y tendrán el sentido, por ejemplo, de este periódico que están leyendo. ¿Piensan que en estas páginas se está intentando reconstruir la cara auténtica del mundo? No hay ni rastro de semejante ambición. Lo que sí hay, en cambio, es un formidable talento (aquí y en todo el periodismo contemporáneo) para cristalizar como realidad el frágil material que los hechos liberan al entrar en conexión con otros hechos y con el público. Es como si ellos (los periodistas) fueran capaces, más que otra gente, de seguir la trayectoria de los hechos y de descubrir el punto exacto en el que estas se entrecruzan con una atención colectiva, un nervio al descubierto, una disponibilidad de ánimo: sólo ahí, en esa feliz conjunción, los hechos se convierten en realidad.
¿Cuánto conservan de sus rasgos originales y, como decíamos, auténticos? Muy poco, por regla general. Pero esos rasgos, por convención, se han convertido en residuos no esenciales. Algo así como el verdadero nombre de Marilyn Monroe.
Baricco, A. Los Bárbaros (2010) [2006] Buenos Aires: Anagrama/La Página, pp. 121-23.
El editor de este blog se atrevió a reemplazar el "vosotros" por el "ustedes".
Sinceras disculpas a Xavier Gonzalez Rovira, el traductor.
sábado, 15 de mayo de 2010
Educación y medios
No podría indicar por el momento el modo de servirnos del poder educativo del cine, porque nadie sabe lo que es menester enseñar; lo que es menester enseñar a Juan, no es lo que es menester enseñar a Pedro.
(...) Nuestros estudiantes son durante años esclavos de esta enseñanza abominable, que los priva finalmente de su capacidad de ver la cosa en acción. El cinematógrafo tiene la ventaja, no solamente de mostrar el movimiento de una cosa, sino la de detener una acción en cualquier momento; y de aquí que permita ver un rostro en otros momentos que en aquellos en que es gracioso y expresivo.
en Caras y Caretas, nº 1106. 13 de diciembre de 1919.
lunes, 26 de abril de 2010
Palabras
-¿Cómo de las palabras? ¡No comprendo!
-Serás llamado "pirata", probablemente...
-Ya lo había pensado.
-¿Y esa palabra no te horroriza?
-No, porque sé que desde ahora trabajaré por una causa justa.
Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1977, p. 50.

lunes, 22 de marzo de 2010
El sonido conservado
Al otro lado del Atlántico, Charles Cros, poeta e inventor, trabaja por la misma época en una máquina parlante. Disponemos de pocas informaciones sobre la genealogía de sus investigaciones. El 10 de octubre de 1877 aparece en la rúbrica científica de La Semaine du clergé una información sobre estos proyectos. Habiéndole llegado alguna noticia de las investigaciones de Edison, el 3 de diciembre hace registrar una nota en la Académie des Sciences. Falto de medios financieros y, sin duda, de afición a la realización técnica, Cros no construirá jamás un prototipo.
A pesar de sus diferencias -un inventor-empresario que dispone del primer laboratorio de investigación de la época, por una parte; un inventor solitario, un poco soñador, por la otra- ambos tienen la misma concepción de una máquina parlante. En el Scientific American del 17 de noviembre de 1877, Edison escribe que acaba de poner punto por punto un "invento maravilloso": la palabra susceptible de infinitas repeticiones, gracias a grabaciones automáticas". Charles Cros expresa esa misma idea en verso:
"Como los rasgos en los camafeos
sean un bien por siempre conservado
y que puedan repetir el sueño
musical de la hora demasiado breve.
El tiempo quiere huir, yo lo someto."
Fichy, P. (1993) Una historia de la comunicación moderna. México: Gilli, pp. 91-92
sábado, 3 de octubre de 2009
La Mandíbula!
viernes, 20 de marzo de 2009
Del latín "merĭtum"
Hace unos días, el New York Times dedicó una nota a nuestra Agustina Vivero, a.k.a. Cumbio, cuyo espacio en Fotolog recibe, dicen, unas treinta mil visitas diarias. A partir de comentarios de amigos y colegas detecto una ficción sostenida por los medios "tradicionales" que es necesario desmontar: la radio, la tv, los diarios no son, digámoslo de una vez, meritocracias.
Aquel que considere "lamentable", "injustificada" la aparición de Cumbio en el diario neoyorquino, sobreestima al resto de los retratados en ese periódico. Casi ningún personaje de los medios -hablemos ahora a nivel local- soportaría las preguntas "¿Qué mérito tiene?", "¿Qué sabe hacer?", "¿Qué propone?", planteos utilizados para descalificar a un personaje como Cumbio.
Este argumento podrá usarse, claro está, para defender a nuestra flogger estrella. Pero también para encerrar entre grandes signos de interrogación al resto de las celebridades que -desde Jacobo Winograd y Marcelo Tinelli hasta Claudio Zin y Mariano Grondona- superpueblan la pantalla con su espontaneidad, sus prejuicios y su sentido común a flor de piel. ¿Qué mérito tienen? En general, escaso. Algunas habilidades, simpatía, encanto... El problema está precisamente en pensar que deben tener algún mérito anterior a su aparición en el medio.
Otras sensasiones distitintas de la admiración de la belleza y la inteligencia operan: complicidad, compañía y, principalmente, identificación. El fenómeno flogger hace evidente un mecanismo sin el cual Miguel Ángel Rodríguez y Mario Pergolini no podrían subsistir, un mecanismo fundado no en la admiración del superior, sino en el reconocimiento del igual. La cadena de la mediocridad.
La frase "cualquier boludo tiene un blog" es el grito deseperado de quienes han perdido el privilegio de la publicación. Quien publica un libro debe tener recursos para hacerlo. Recursos económicos, amistades, roces, que hagan posible la impresión y distribución de sus ideas. No sería justo afimar que "cualquier boludo publica un libro". Yo diría "sólo algunos boludos pueden hacerlo". Porque su condición de boludos o no boludos no alterará el proceso. Si dispone de los medios, publicará. En el peor de los casos, nuestro boludo imaginario escribirá un libro espantoso y venderá pocos ejemplares, perderá dinero, etc. Su único "mérito" habrá sido la publicación, privilegio devaluado con la explosión de las publicaciones electrónicas.
Si después de este juicio, volvemos la mirada a los bloggers, sólo podremos decir que son más numerosos. La vanidad, el narcisismo y la estupidez cundan, pero no más que en el resto de los espacios, donde los boludos siempre serán mayoría.
Anexo
- Video donde José Pablo Feinmann, visiblemente irritado, habla de los blogs. Pese a que Carmen Barbieri publica libros, JP no está en contra de ellos. Sus opiniones sobre la Feria del Libro me parecen justas y semejantes a las ideas de este post.
- Nota de Christian Ferrer sobre blogs. Estamos de acuerdo con la mayoría de sus planteos, sólo que si cambiamos "blogs" por "libros", los adjetivos serían más o menos los mismos.
- Nota de Diego Mancusi (Rolling Stone) muy parecida a esta, que leí minutos antes de postear. Promete desarrollar una teoría, pero no puede salirse de la lógica mérito-no mérito y la expresión subyacente: ¡Qué barbaridad! La presencia de Karina Jelinek en la televisión es más comprensible que la presencia de Feinmann. La frivolidad no es el desvío sino la norma. Mientras ignoremos esto, no podremos entender ni explicar ningún fenómeno mediático.
Seguimos discutiendo en la cátedra de Tecnologías Educativas (UBA) de Diego Levis.
Esto opina German A. Serain.
Algunos acuerdos: "ni el libro ni el blog, por el mismo hecho de ser cada vez más accesibles, garantizan la capacidad intelectual de sus creadores". No existen ni nunca existieron garantes en este rubro. Mucho menos en el arte. Supone la aparición de lo nuevo, lo contingente. El "pensamiento garantizado" (o la Sabiduría Garantizada) no sería pensamiento.
Algunas objeciones: el medio condiciona, sí. Pero nunca determina.
La brevedad no tiene una relación necesaria con lo superificial o lo banal. Recordemos los Salmos, o las Rimas de Bécquer. Además (y esto sí es obvio) extensión no implica profundidad.
No buscamos en una entrada de blog o en un tweet lo mismo que en los libros. Cada nuevo espacio requiere un lenguaje específico, nuevas convenciones, nuevos estilos. No hablamos en el chat como hablamos en la escuela. No nos dirigimos a nuestro abuelo como a nuestro hermano. Debemos dejar de ver "desviaciones" o "deformaciones" del lenguaje. No es el mismo lenguaje. Es otro. Hay que conocerlo. Hay que reconocerlo.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Caja rápida (hasta diez ejemplares)
por Leandro Gonzalez de Leon
Los libros que pueden hallarse en las góndolas de Carrefour pertenecen, en su mayoría, a la llamada literatura de supermercado. Historiadores, novelistas, biógrafos, periodistas y ufólogos ocupan estos espacios. Es sabido que los productos masivos –sean libros, películas, música- buscan el impacto a corto plazo, la reacción inmediata de los lectores atentos a la última novedad. Seis meses después, nadie los recuerda, confirmando que, como decía George Steiner, ninguna obra de arte estúpida perdura. ¿Quién alquilaría hoy el DVD de Titanic? ¿Quién descargaría en Torrent un programa viejo de Tinelli?
El aumento del precio de los alimentos que, nos dicen, es un fenómeno mundial -los lectores extranjeros pueden ayudarnos a confirmar o refutar esto-, y la brutal tarifa del transporte público volvió ridículo el precio de la mayoría de los libros. Buenas ediciones de Freud, Melville, Russell y Flaubert se amontonan en mi biblioteca con lo que pude ahorrar no comprando el diario, evitando algunos colectivos, eludiendo la seguridad del Ferrocarril Sarmiento. La veloz devaluación de los best séller los lleva a una góndola de Carrefour, donde un libro que nueve meses antes costaba cincuenta pesos se ofrece por diez. Como la novedad es el único valor de estos libros, la devaluación es real y el precio –a diferencia del de los alimentos y el transporte- es razonable.
Allí encontré Manual Chiche (Ediciones B, 2006), de Samuel “Chiche” Gelblung. Me costó la mitad del valor de una lámpara de bajo consumo, que de todos modos necesitaba para leer el libro en mi escritorio. Durante la espera en la caja rápida -que justificaría muchos posts, una tonelada de papers académicos, unas novelas a lo Kafka y un manifiesto revolucionario- leí las primeras cuarenta páginas.
Pese al horrendo título y a la dudosa promesa del subtítulo (“explicarlo todo”) el libro tiene alguna utilidad. Partiendo de la premisa de que Gelblung no es un intelectual ni quiere serlo, su lectura puede ser esclarecedora si se la contrasta con cualquier texto de ciencias sociales y filosofía de publicación reciente. El libro está escrito en lenguaje coloquial y se compone de especulaciones sobre las diferencias entre los hombres y las mujeres, sobre el ser nacional, la corrupción, el futuro del país. Además da recetas para conseguir trabajo, levantarse minas/tipos, desarrollar una empresa. No es un libro de autoayuda, a los que ataca permanentemente (menciona a Coelho, Deepak Chopra, Louise Hay, Jorge Bucay), sino una serie de consejos elaborados a partir de sus propios aciertos en los negocios, las mujeres y la vida cotidiana.
La lectura contrastada no podrá hacerse aquí. Cualquier autor que mencione para llevar a cabo el ejercicio se ofendería y me traería problemas con personas que aprecio. Pero es llamativo como las investigaciones de ciencias sociales y los textos de politólogos y economistas llegan a conclusiones similares a las de Gelblung que -si bien culto e inteligente- se presenta como la contracara de la “intelectualidad progre argentina”. Mal que nos pese, los textos de ciencias sociales aún se componen de juicios anteriores a cualquier investigación, sostenidos por el talento personal del autor.
Probablemente exagere. Acaso haya algunas excepciones. Pierre Bourdieu estaba convencido de lo contrario y sus argumentos siempre serán mejor que los míos. Pero debemos reconocer que cualquier paisano que piense puede llegar a ciertas conclusiones que en la Academia aparecen entrecomilladas, con una nota al pie de página.
Comparto un fragmento del libro, donde se ocupa de la boludez, concepto análogo a la indiferencia descripta en el famoso texto de Antonio Gramsci, esa que actúa pasivamente, pero actúa.
Bourdieu, P: "La sociología ¿es una ciencia?", La recherche Nº 331, mayo de 2000.
Gelblung, S: Manual Chiche. Buenos Aires: Ediciones B, 2006, pp. 26-27
Gramsci, A: "Odio a los indiferentes" (1917) en revista Zoom, Buenos Aires, 30 de abril de 2007.
Steiner, G: Presencias reales. Barcelona: Destino, 1992, p. 23.
Anexo: los libros que recomienda Gelblung
La borrachera democrática, de Alan Mink
Seis sombreros para pensar, de Edward de Bon
El Informe Kinsey, de Alfred C. Kinsey.
"Karl Popper, algo de Hegel o de Marx. Quien se "saltea" a estos autores jamás llega a entender como funciona la existencia" (p. 83)
"Las que leen best sellers de autoayuda (tipo Jorge Bucay, Louise Hay y Paulo Coelho) suelen tener un lomazo espectacular, pero cargan con un nivel de conflicto no resuelto que linda con el espanto. No tan atractivas físicamente pero con buena charla y posibilidades de concentración e innovación en la cama son las que tienen en sus bibliotecas algún libro de historia o filosofía (búsquense autores como Jean Baudrillard, Gilles Lipovetsky o Carl Jung)" (p. 109)
viernes, 12 de diciembre de 2008
Breve curso de oratoria
Fuente: http://elaguilaediciones.wordpress.com/
Sitio de interés: http://www.ramongomezdelaserna.net/
lunes, 1 de diciembre de 2008
Los cuentos de Hoffmann
La cámara de Heinrich Hoffman capturó como ninguna otra los años felices del nacionalsocialismo. Tiranos risueños aclamados por multitudes. Estos documentos expresan con claridad la función de los medios de comunicación: reflejar la realidad y transmitirla sin mediaciones.
Las siguientes imágenes fueron tomadas entre 1934 y 1938 y reunidas en los libros Jugend um Hitler (La juventud alredor de Hitler), Hitler in seinen Bergen (Hitler en sus montañas) y Hitler arbeits von Alltag (Hitler fuera del deber).
Musicalizar el video fue difícil: la versión alemana de La felicidad, de Palito Ortega, permitía la distancia irónica, pero estigmatizaba injustamente a los pobres Johnny & Rijk. La Canción de Horst Wessel anulaba esta distancia y nos daba muchas ganas de matar a Billy Crystal. Elegimos entonces a la hermosísima Zarah Leander con su "Yes, sir!" (1937). Zarah fue la máxima estrella del Tercer Reich, pero su música y sus películas aún conmueven a los corazones sensibles.
Fe de erratas: donde dice "ser" léase "sir", pero pronúnciese "ser".
lunes, 29 de septiembre de 2008
Un espejo de lagente
El primer lado es el político: en un sistema democrático, la representación es la clave que organiza toda la comunidad, e implica problemas tales como decidir cuándo, qué y quién es representativo. Este aspecto es el que prefiero dejar a los politólogos, que saben mucho más del asunto. Apenas permítanme un apunte mediático: esa representatividad se discute también en los medios de comunicación, porque aunque la clave es la elección (el político repite, obsesivamente, “a mí me eligió la gente”, sin olvidar aquellos anacrónicos que prefieren decir “me eligió el pueblo de mi provincia” o los más modernos y paquetes que sostienen que los eligieron “los vecinos”), la telepolítica contemporánea exige que esa delegación (“el pueblo delibera y gobierna por medio de sus representantes”) se reconfirme día a día: el humor ciudadano es cambiante, las traiciones políticas están a la orden del día (desde el Punto Final para acá, veinte años nos contemplan), las representatividades se evaporan, y los medios son el escenario mediocre de ese debate. Es atrapante, por decir algo, escuchar simultáneamente a un sesudo periodista de cable afirmando “lagente dice que…”, al mismo tiempo que el político gruñe un “lagente por la calle me pide que…”, como si ambos bajaran alguna vez del auto. Más aún: como si “lagente” existiera, y no fuera más que un invento cómodo para no decir nada. Si lo que se representa, política o mediáticamente, es la voz de lagente, estamos sonados: lo lamento, pero tal cosa no existe. Como mucho, hay gentes: las hay altas y gordas, las hay flacas y negras, las hay cordobesas y jóvenes, las hay mujeres y burguesas, las hay campesinas y quechuahablantes. Y si todos y todas opinaran y desearan lo mismo, como hace lagente de la que hablan los políticos y los medios, lo nuestro no sería una sociedad, sino un cementerio.
Y esto nos lleva a nuestra segunda posibilidad: “representar” es también poner en escena, narrar, poner algo en lugar de otra cosa. Lo que hace todo lenguaje, digamos: la palabra “perro” no muerde, como recuerdan los profesores de lengua. Al hablar, al poner cosas en palabras o en imágenes, estamos condenados a representar. En general, los seres humanos y humanas normales la llevamos con bastante dignidad: sabemos que elegimos, que exageramos, que mentimos, que deformamos. Los medios de comunicación, en cambio, sostienen que no es así; afirman que ellos son seres excepcionales condenados a “reflejar la realidad”, con lo que terminan afirmando dos cosas al mismo tiempo: que hay una sola realidad y que los medios son gigantescos espejos. Aclaremos: no vamos a caer en un relativismo exasperado que sostenga que hay tantas realidades como sujetos y sujetas. No, no es así: pero sí tenemos que aceptar alguna vez que las percepciones de los seres vivos, condicionadas por montones de factores, pueden ser distintas.
Lo de los espejos, en cambio, es a esta altura intolerable. Cada vez que un periodista o una cámara empresarial afirman orondos que ellos y ellas reflejan la realidad, escandalizan por su ignorancia, la que no resistiría un examen parcial en cualquier facultad de humanidades o sociales. Ni siquiera pueden ver (en realidad, no lo quieren ver o no lo pueden reconocer) que los espejos deforman e invierten: que las derechas, por ejemplo, se transforman en izquierdas. La cobertura del conflicto campestre lo demostró palmariamente: pero no necesariamente por los “intereses de los medios”, sino por las propias cosmovisiones de sus cronistas y movileros; donde ellos y ellas ven clases medias, los iguales, la gentecomouno, se trata de “gentes”. Cuando las pieles se ennegrecen, yo no soy racista, le digo más, tengo un amigo negro, pero no es piquetero, como todos estos. Y entonces el famoso espejo de la realidad se transforma groseramente en la puesta en escena de los miedos y los etnocentrismos de clase de sus periodistas.
Todo esto es tan innegable como inmodificable: porque está en las leyes de la lengua (“no se puede no representar, no se puede ser objetivo, el lenguaje es arbitrario”), en las leyes del periodismo (“serán tan objetivo como tus limitaciones culturales, los intereses de tu medio y los caprichos de tu jefe de redacción así lo permitan”) y en las de la política (“si hubiera dicho la verdad, este montón de idiotas no me hubiera votado”). Lo que enternece es ver los esfuerzos que se hacen para disimularlo. Generalmente, con tan poca fortuna.
*Publicado en el diario Crítica de la Argentina, 28 de abril de 2008.




